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Filosofía de calle

Uno es viejo y flaco; lleva en el alma las cicatrices de un pasado duro, demasiado duro. Cuando lo encontraron era una sombra de pelos sucios; pero se aferró a la vida, con esa mandíbula huérfana de sus mejores colmillos y esas garras afiladas en el asfalto. Su apestoso cuerpo era departamento de pulgas, y sólo concebía a los hombres como causas de dolor. Hasta que lo encontró a él.

El otro es más joven, y, por tanto, más nervioso e inquieto. Nació confiando en los hombres, reconociendo su olor; les mueve la cola y busca sus caricias. Es fuerte, aunque su energía se desinfla en piruetas. Su territorio es la casa y el jardín. Nunca antes se había aventurado al infinito de la calle. Ve al viejo perro como el líder de la manada, en la que también incluye al hombre con quien viven.

Viven con un viejo solitario, quien desde el miércoles de la semana pasada deambula por las calles que están cerca de su casa gritando el nombre de sus compañeros. ”¡Epicteto!”, ”¡Marco Aurelio!”, repite, mostrando a todo con quien se topa una foto de sus perros. Hasta anoche no había dado con ellos. Cuando llegó a su casa, multiplicando el dolor de la ausencia, intentó consolarse acariciando un manual de filosofía mordisqueado en los bordes.

Mientras en otros hogares brindaban o se atragantaban con uvas, Epicteto y Marco Aurelio sintieron estallidos que rompían el aire, un rugir que rasgaba la noche en jirones; el corazón se les salía del pecho. No sabían el origen de las chispas que explotaban en las sombras, y temían que el trueno los quisiera devorar. Rompieron una puerta y huyeron, como una sinfonía de rayos, al purgatorio del exterior. Y desde entonces vagaron intentando encontrar el camino a casa.

Bajo un cielo aún brillante por el tatuaje de los fuegos, los perros rompieron la oscuridad. Marco iba con paso firme, pero siempre en la estela Epicteto, que lastrado por una leve cojera de su antigua vida de tristeza, avanzaba con paciencia, dejando que el camino dicte su ritmo; seguía el compás del caos, la magia de la fortuna. Terminada la tormenta de pólvora y trueno, en el fresco silencio de la resaca de los hombres, emprendieron el regreso al hogar.

Al inicio de su retorno, Marco Aurelio le preguntó a Marco qué camino seguir. Epi miró las estrellas. “La casa está donde aprendimos a ser felices. Lo que hemos perdido no es el camino, sino la calma. Como decías tú mismo: ‘No nos afectan las cosas, sino las opiniones que tenemos de ellas’. Si dejamos que el miedo gobierne, nunca veremos la senda bajo nuestras patas”.

El viejo perro divagó todo el camino, pues encontraba claridad pensando en voz alta: “¿Y si este momento de extravío es, en verdad, una lección que nos da la naturaleza? Los fuegos nos mostraron lo poco que controlamos lo externo. Ahora, controlaremos nuestro propio paso”. Perripatético.

Avanzaron juntos, atravesando calles desiertas y avenidas que se convertían en murallas de luces. En cada pausa, Marco intentaba recordar las palabras del hombre que lo espera en casa: “No te detengas a lamentar lo que no puedes cambiar. Este viaje, aunque no lo buscamos, es también una prueba para nuestra virtud”. Repetía esto como letanía.

Epicteto, a pesar de su cojera, no se quejó. “Mi pata dolida no es una carga”, reflexionó en voz alta. “Es una oportunidad para mostrar fortaleza. Lo que importa no es lo que me sucede, sino cómo lo enfrento”. Hoy, al amanecer, divisaron Ítaca, su casa: una silueta iluminada por la suave luz del sol. Exhaustos, pero tranquilos, se detuvieron un momento frente a la puerta. “Hemos aprendido más esta noche que en mil días de calma”, filosofó Epicteto; su cola moviéndose despacio. “Así es”, respondió Marco, empujando la puerta con el hocico. “Los fuegos intentaron quebrarnos, pero nosotros usamos la adversidad como el fuego usa la madera: para arder más fuerte”.

Entraron a casa, y se encontraron con el hombre, quien se estaba preparando para luchar contra la soledad. Corrieron hacia él, y él los abrazó; le lamieron el rostro, las manos. Marco Aurelio dio vueltas a su alrededor, dejando un surco en el suelo. Epicteto le dio la pata. En esa casa, el miedo ya no tiene poder; los tres que ahora celebran juntos el inicio de año, sabiendo que controlan su mundo.

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