No fue del todo malo: el año pasado nos dio la oportunidad de una última conjura. En el limbo del jueves 26, cinco conspiramos en una ubicación secreta, sólo frecuentada por iniciados; una especie de laboratorio rodante de Heisenberg, donde la alquimia convierte arrebatos en estrategias para domar la desesperanza.
El último plan fue el firme acuerdo de erigirnos en una logia de poetas muertos por envenenamiento etílico; es decir, la formación de un club de lectura. La idea fue germinando hasta florecer y convertirse en la última y necesaria recarga de entusiasmo para concluir la carrera espartana que se numeró 2024 —esnifamos un sueño; un último sueño.
La costura de la idea comenzó cuando Jorge recordó cómo Víctor describió a Susana San Juan: Buenísima; lo hizo aún mojado, poco después de zambullirse en ese dique seco que es Pedro Páramo. Ese disparo sirvió para recordar los diarios descubrimientos que eran las lecciones de Jorge, cuando descubrimos el nuevo mundo. Y es ahí donde hemos vagado en los últimos años.
Algunas veces perdidos, otras cegados por una fiebre de falso oro. Archipiélagos que se guardan sus descubrimientos, a veces por vergüenza, a veces por falta de generosidad. Nunca he confesado, por ejemplo, cómo Jorge Ibargüengoitia me ha rescatado varias veces. Vamos descubriendo novelas y poemarios como ciegos, palpando en la oscuridad portadas o leyendo reseñas que resultan ser trampas.
En el último suspiro del año recordamos que los mejores libros que hemos leído han sido los que nos han recomendado nuestros amigos. Jorge, por ejemplo, me regaló El corsario negro, de la colección Sepan cuántos, cuyas letras se te pegaban en los dedos como arañitas. Gerardo me recomendó Sostiene Pereira, que tirando del hilo me llevó a encontrar La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Isabel le sugirió a su hermana que me regalara El Evangelio según Jesucristo… Ella pensó que me salvaba el alma, pero, en realidad, la condenó, y ahora está encadenada a la magia de Saramago.
Los años nos obligaron a aterrizar, y viajar a otras galaxias se comenzó a ver como una excentricidad y pérdida de tiempo. Y fue así como varios de nosotros comenzamos a frecuentar la soledad de las librerías, jugando la ruleta rusa. Varias veces el destino me hizo acertar, otras veces, no; hay libros que no quiero que se acaben, mientras que de otros ansío su fin. Algunos se han quedado a medias, y no me ha dado remordimiento.
Ahí está, por ejemplo, Los soria, ese tabique que dicen que es una obra maestra pero que a mí me resulto insufrible e insoportable. O la decepción que resultó Conquistadores,garabateado por un Vuillard que se perdió en los laberintos de las cordilleras junto con sus protagonistas. O Madre de corazón atómico, que me hizo cuestionar la cordura de los críticos. En contraste, la odisea de un niño en el desierto —Solito— y la estridencia del big bang de la inteligencia artificial —Maniac— aceitaron los resortes de mi imaginación.
Y fue así como un afortunado encuentro se convirtió en semilla; hace falta cultivarla un poco, pero es casi seguro que florezca y dé frutos este 2025. Sólo nos hacía falta una excusa, y ya tenemos un ramillete de ellas. Los libros sólo serán pretexto, ya que lo que se añora es la compañía de las personas que nos arrebató la rutina. Los interesados en ser parte de esta expedición a Marte pueden escribirme a pcicero@8am.com.mx para conocer las siguientes fases de este plan.
Deja un comentario