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Miedo y asco en Cancún

A Hunter S. Thompson le salieron branquias, y con ellas se pudo sumergir en las cloacas y describirlas. Soltó el lastre de su oficio, y sus descensos a los infiernos los narró en primera persona. Ese fue el génesis del periodismo gonzo, salpicado con los fluidos y la irreverencia de su creador.

Una de las obras más emblemáticas de Thompson es Miedo y asco en Las Vegas (Star Books, 1979), y en ella teje una cadena de episodios surrealistas en el caótico escenario de la ciudad de Nevada. Poniendo como excusa la cobertura periodística de diversos eventos, Thompson revela la falacia del sueño americano.

El periodismo gonzo de Thompson no sólo destaca por las emociones que cosecha en el lector, sino también por las reacciones que generaba mientras araba la información: por lo general, las entrevistas se saldaban con violencia: Thompson aguijoneaba a sus fuentes hasta hacerlas explotar, como globos.

Con eso se libraba de cualquier falsa cortesía, y narraba sus historias con la crudeza del desencuentro, la ira que se decanta con los días. El objetivo final del autor era generar caos, y edificar ahí un parque de diversiones.

Así vivió y así murió: su última voluntad —en 2005, después de pegarse un tiro a los 67 años— fue que sus cenizas fueran disparadas de un cañón. Al final de esa lluvia de polvo, aún con el recuerdo del periodista en los cabellos y los hombros, los asistentes recalaron en una cantina. En una barra de madera sucia y tallada con insultos, brindaron por él.

Pocos periodistas han seguido su turbulenta estela: no muchos son los que se atreven a salir de esa zona de confort que tiene como fronteras el qué, quién, cuándo, cómo y dónde. Sin embargo, hay coberturas que ameritan el valemadrismo de Thompson, que sólo se pueden describir con la furia del kamikaze. Uno de esos escenarios es Cancún.
Miedo y asco en Cancún aterrizaría con un intento de robo por parte de los taxistas de la terminal aérea —se han reportado, constantemente, tarifas estratosféricas—, con un enfrentamiento a golpes entre el periodista y una turba de choferes. Este episodio continuaría con el escape del narrador en un auto de plataforma, con persecución incluida.

La avenida principal de Cancún hierve bajo el sol brutal; la suela de mis zapatos se queda pegada en el asfalto y los taxistas acechaban como lobos hambrientos. El Uber, un Nissan gris destartalado, zigzaguea entre los autos como rata acorralada, mientras sedanes blancos lo cercan, babeando.

Bocinas estridentes, insultos salpicados de veneno y amenazas flotan en el aire espeso, tan espeso que hay que espantarlo a manotazos. Es una cacería tribal, un circo de supervivencia donde el olor del sudor, la gasolina y la venganza se mezclan. “¡Ese cabrón no pasa de la glorieta!”.

La persecución se saldaría con una paliza al chofer del Uber y a su pasajero, que recalaría en un centro de salud de mala muerte donde sus heridas se convierten zona de cultivo de moscas. Ahí sobornaría a un enfermero, y viajaría a otra dimensión con ”el opiaceo con más kilotones que nunca antes había probado”. Dos o tres días después, saldría de ese cuchitril, sacudiéndose aún los gusanos de sus heridas.

Los taxistas lo habrían dejado sin nada; inconsciente en la calle; sin maleta y sin cartera, no tiene efectivo, tarjetas ni documentos que lo identifiquen: ahí va nadie, cojeando. Hablaría a su casa, y desde ahí le mandarían unos dólares, por giro. Se los bebería en un bar patibulario, en el que le ofrecerían cualquier bien o servicio ilegal, de ojivas atómicas a tarjetas clonadas. Deambularía como zombi, intentándose colar en hoteles abandonados.

Trapicharía igual con drogas, que los mismos taxistas que lo dejaron medio muerto le ofrecen en consigna. No encontraría clientes —o no se molestaría en encontrar—, y él se las fumaría, tragaría, esnifaría e inyectaría todas. Al final, de nuevo esa mafia que le dio la bienvenida, lo mataría. Él sólo regresaría a su casa, en Colorado, para escribir esta realidad y volverse a suicidar.

A pesar de que aún no se publica un reportaje titulado Miedo y asco en Cancún, todos los episodios narrados en este espacio no son alardes de ficción, sino que están sustentados en episodios que todos los días se consignan en las páginas de sucesos. La violencia y la impunidad con la que actúan varios grupos amenazan con convertir al destino de paraíso vacacional a zona de alto riesgo.

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